
La inflación como punto de inflexión
En los últimos años, la economía de Japón finalmente ha superado una larga estagnación, con un aumento en la tasa de crecimiento nominal y una inflación que ha superado de manera constante su objetivo. Sin embargo, en la industria se considera que este cambio no es un resultado directo de las políticas de expansión cuantitativa (QE), sino más bien de la inflación importada impulsada por los choques en la cadena de suministro postpandemia, el aumento vertiginoso de los precios de las materias primas y la devaluación de la moneda. Fue precisamente este inesperado aumento en el nivel de precios el que rompió las expectativas de deflación, permitiendo al Banco de Japón iniciar el aumento de tasas y poner fin a la era de las tasas negativas.
Pocos resultados del QE a lo largo de los años
Mirando hacia atrás, el Banco de Japón introdujo el QE en 2001, lo expandió hacia el "aflojamiento cualitativo y cuantitativo" (QQE) en 2013, y en 2016 aplicó tasas negativas y control de la curva de rendimiento. Pero estas políticas no convencionales no lograron impulsar una inflación sostenida durante casi dos décadas. Los datos muestran que entre 2001 y 2019, el IPC y el IPC subyacente de Japón registraron varias caídas, consolidando un entorno de baja inflación. El verdadero avance no se produjo hasta que la inflación importada se desató plenamente en 2022.
Resonancia entre salarios y expectativas de inflación
Con el constante aumento de los precios, las expectativas de inflación de los consumidores y empresas han mejorado significativamente. Los incrementos salariales negociados han crecido año tras año, creando una interacción positiva entre salarios y precios. Esta "dinámica interna" es la que dio al Banco de Japón la confianza para subir las tasas el año pasado, aumentando los tipos en total 60 puntos básicos. Los economistas señalan que este mecanismo cíclico tiene un impacto más duradero que la compra de activos mediante expansión monetaria.
Las reformas estructurales siguen siendo clave
A pesar de la mejora nominal en la economía de Japón, el crecimiento real sigue siendo débil. De 2021 a 2024, la tasa de crecimiento promedio del PIB real es solo del 1.2%, muy por debajo del desempeño de EE.UU. y la UE en el mismo período. El elevado déficit fiscal y una tasa de deuda pública que supera el 200% generan presión sobre la sostenibilidad fiscal futura. Al mismo tiempo, los desafíos estructurales como el envejecimiento de la población y el bajo crecimiento de la productividad continúan limitando las perspectivas a largo plazo.
Perspectivas de política cautelosas
El mercado espera que el camino de aumentos de tasas por parte del Banco de Japón sea extremadamente cauto en el futuro. Por un lado, el aumento en la incertidumbre del entorno exterior incrementa el riesgo de volatilidad del yen. Si los principales bancos centrales, como la Reserva Federal, vuelven a bajar las tasas, podría desencadenar el cierre de operaciones de carry trade, elevando el yen y afectando a las exportaciones. Por otro lado, el aumento de los rendimientos de los bonos a largo plazo y el incremento del costo de financiamiento pondrán a prueba la capacidad fiscal de Japón.
Lecciones y riesgos
La experiencia de Japón muestra que depender únicamente de la expansión monetaria no garantiza una inflación y crecimiento perdurables; los choques externos y las reformas estructurales son las fuerzas motrices clave para que la economía escape de la estagnación. En el futuro, el Banco de Japón procederá con cautela tanto en aumentar las tasas como en reducir su balance, para evitar un impacto secundario en el proceso de recuperación. Los observadores señalan que lo que realmente determinará la trayectoria a largo plazo de la economía japonesa no es la "eficacia" de la expansión cuantitativa, sino la capacidad de resolver problemas profundos como la estructura demográfica, la actualización industrial y el equilibrio fiscal.






